sábado, 5 de febrero de 2011

No a Sean Penn y directos a la agencia matrimonial

Ayer me telefoneó Sean Penn, Sean Penn nada menos, pero yo soy un hombre retirado, un soldado en la reserva, un ex convicto que recorre su propio via crucis de regreso del patíbulo, ese patíbulo consistente en el sonambulismo. Sean Penn mencionaba. Le dije a Penn: Sean, no, gracias, muy honrado, halagado en extremo por esta tu sabia elección de convocarme para que te haga ver una noche de Barcelona en llamas, para que sientas la fiesta, para que veas la verdad, y la puedas tocar con las manos, que diría Don Quijote, la puedas tocar con tus ojos y con toda tu capacidad parapsicológica... Es decir: le dije: No Sean, no puedo, mañana he de trabajar, estoy enfermo, la noche no es para mí, etcétera, no quería decepcionarlo pero tragué saliva y con la noche de Pete Doherty en el pensamiento (aquella noche a la que me dediqué en tecla y alma en el artículo o episodio anterior), con esa noche entre el espacio carnal que media entre mis sienes, el cerebro, con esa noche indeleble en mi cabeza aunque es una noche imposible de recordar por razones obvias, le dije: no.

Y al día siguiente regresé, silbando (uno es libre cuando aprende a decir no, cuajó un humanista), fresco de la ducha y no ahíto mas integrado por un desayuno continental que me propiné en la cafetería La buena hora, que honra el tramo de mi calle junto al portal del número 3, frente a mi edificio, regresé, decía, a la Agencia Matrimonial. Agencia que se llama, como no podía ser de otro modo, La Buena Elección, y a la que había faltado por resaca al segundo día de mi incorporación. Manifestar, entre paréntesis, que no me fue difícil escapar no sólo a la mácula sino al despido inclusive, luego de una charla con la jefa que terminó entre risas y en franca camaradería, o lo más parecido a ello que yo he podido presenciar, charla en la que mi jefa y dueña del negocio confirmó esa apariencia de bondad que yo había percibido en nuestra primera entrevista.

Así, pues, yo estaba en mi bufete, en mi escritorio, ocupado dibujando diagramas, organigramas (con regla y bolígrafo) al objeto de plasmar el diseño de programas, entrevistas entre mutuos candidatos, actividades, puntuaciones, posibilidades, repeticiones... útiles técnicos para arrojar unos resultados con sustento, somos profesionales, cuando hicieron pasar a la sala de espera, que consiste en unos poyos que hay junto a la puerta frente a mi escritorio, al primer cliente que yo veía en dos días.

Era un tipo de unos 43 años, no sé, esto es: lo ignoraba, pese a contar con el dato en su ficha, que de inicio no me molesté en revisar, la ficha la rellena la psicóloga, en otros casos la jefa, creo que la psicóloga lleva una semana... En fin, el tipo se llamaba Ernesto Flamante, que es un nombre que no le hacía justicia, acaso todo lo contrario, sacarán ustedes sus propias conclusiones, yo conocía el nombre pues se me había advertido de su próxima llegada, y como la psicóloga se hacía la importante lo iba a tener en la sala de espera del orden de diez-quince minutos; eso yo me lo olía, y lo confirmé. Ernesto no semejaba un tipo resuelto, no era guapo ni feo, ni alto ni bajo, ni gordo ni delgado, tal vez su desnudez delatara algún michelín acomodado al paso de los años sin novedades, una rutina gris... Sí, en efecto, el cliché. Creo que lo interesante -pues toda esa descripción apesta por común- fue la conversación. Los primeros ocho minutos no sonó una palabra. Por descontado, el teléfono tampoco sonaba ni por asomo. Aquello era una funeraria en el desierto.

"¿Nervioso?", le solté, al noveno minuto. Me aburría. "Un poco", dijo Ernesto. Y no me apeteció decir más. Él me emuló. Yo no tengo carácter, pero es que él aún tenía menos. Al minuto cartoce dijo, forzando la sonrisa y hasta una risita entristecedora: No sé si debería hacer esto, o alguna estupidez equivalente, una señora estupidez. Ahí lo pensé, pensé: Ernesto, Ernesto, no me hagas perder el tiempo maldito imbécil; casi me apeteció increparlo, decirle: Ernesto, eres un hijo de puta, un idiota. No hay sitio para los idiotas en este mundo, ¿pero es que no te has dado cuenta todavía? Pero hombre, pero cómo no te has suicidado aún. ¡Ya tardas! Es más, se me ocurrió decirle: ¡Yo te dejo una pistola! No: ¡Yo te consigo una pistola! Estaba dispuesto a hacer lo que fuera por conseguirle a este tipo una salida, estaba yo dispuesto a perder, para que el ganara la muerte y desapareciera, lo primero que desapareciera de mi vista. Pero le dije: Tranquilo hombre, con una sonrisa se lo dije. Debería haberle dicho: Cállate, pero le dije: Tranquilo hombre, como si yo fuera una buena enfermera, una enfermera conmovida y él un paciente que atraviesa las lógicas dificultades. Yo creo que él pensó, o él fantaseó con que yo me estuviese comportando como una enfermera no sólo conmovida sino enamorada. Todo era absurdo. Por fin estaba trabajando, pero era absurdo.

"Esto es una mierda", soltó Ernesto. Ahí debería haberle girado la cara de un sopapo. Aunque debo reconocer que su salida me sorprendió; me refiero al tono utilizado por Ernesto, que hizo gala de una consistencia que para un Discurso del Estado de la Nación desearía un presidente de país en crisis. Me incumbe confesar que ya, a aquellas alturas del encuentro, deseaba un Ernesto convertido en monigote, la mórbida situación se había hecho conmigo y ya ni tan siquiera me limitaba a soportar la presencia de Ernesto sino que necesitaba su imbecilidad. No necesitaba un hombre resuelto, en -por consiguiente- el lugar equivocado. Quería al tierno del imbécil de Ernesto.

Y así iba todo en el minuto veinticinco cuando apareció la cretina de la psicóloga con sus ínfulas de gran psicóloga, toda una profesional que iba, si no a solventar los problemas de Ernesto, sí a instalar los andamios, o, mejor, los rieles, que lo iban a conducir sin tregua para las dudas hacia un destino al otro lado de las posibilidades. Cuando vi que la psicóloga venía sonriendo a recoger a su monigote me levanté y me fui al lavabo y vomité.

Después pensé que yo estaba tan, tan, tan, tan, tan, TAN SOLO, que lo mejor que podía hacer era apuntarme a las citas de la agencia matrimonial. Decidí que me iba a apuntar a esas citas. Y que suplicaría si eso era necesario, suplicaría si no me permitían apuntarme. Aunque todo eso ya lo sabía antes de entrar a trabajar en la agencia.

miércoles, 2 de febrero de 2011

La agencia matrimonial

Ayer me telefoneó Pete Doherty, en serio, yo estaba viendo las noticias en la tele, estaba pasando vergüenza ajena pues enfocaban a un grupo de adolescentes gritonas y sollozantes ante la aparición de unos jóvenes músicos a la salida de su hotel, previo al concierto nocturno, supongo que a alguien más le debe pasar amigos, qué vergüenza ajena, la adolescencia es una auténtica locura, por suerte pasajera, etcétera etcétera, en fin, que agarro el teléfono con todo el cuerpo traspuesto ante la crudeza de las titilantes imágenes y oigo: "Fulanitou?" Y claro, yo digo: ¿quién es?, y era Pete Doherty, que es el único hombre en el mundo que yo he visto que pueda vestir sombrero, hablo de la actualidad, no retrotraeré los tiempos a Bogart y a otros primeros espadas del estilo, pero hoy por hoy, Doherty, el resto pueden ser hombres dignos, normales, incluso cachazudos y se ponen un sombrero y los pobres se precipitan al vacío, sus novias deberían decírselo, cantantes, ciudadanos de a pie, futbolistas... En fin, que tengo al aparato al Dandy Doherty, uno de los pocos dandys vivos, no obstante su manía de atentar contra su salud, siempre en líos de drogadicción, yo pensaba que estaría en la trena, no una condena de rigor, unos meses simplemente, para que la celebridad entre en razón y olvide fruslerías, deje las travesuras atrás en el camino, etapa superada, pero no, era Doherty, que no llamaba desde prisión sino desde su casa, probablemente un ático en el centro de Londres, bien acondicionado en invierno y en verano, etc., vamos, nada de celdas ni teléfonos mugrientos de un pasillo de un penal de la Gran Bretaña, y Pete Doherty, mi hermano Pete, me dice: Fulanito, tu fama de fiesterou traspasa, ha traspasado fronteras, se extiende por el continente, es decir, se ha extendido por la estepa europea como la sombra de un ciprés a lo largo del espacio progresivo de la tarde, y ha cruzado, ha penetrado en la bruma del Canal de la Mancha y ha salido vencedora de superarlo y dejarlo en el paso como un martín pescador reyezuelo, sátrapa o príncipe de los mares, y ha llegado hasta la city de Londres, en la que resido, y te llamo pues deseo corroborar esa honra y esa reputación que grita tu presencia a miles de quilómetros de tu ubicación. Yo, claro.., a mí me pilló totalmente de improviso, sin defensas, y no pude más que decirle que sí, que si venía a Barcelona, que bien, que nos tomaríamos una copa.

Yo no olvido que en el artículo o episodio anterior afirmé que esto no es para mí, que el ritmo de la noche y las consiguientes miasmas y oscuridades de la mañana no son para mí, que eso exige mucho, que no doy el nivel o que ya no doy el nivel, que me retiro, pero me sentí incapaz de poner en entredicho la escultura que en la mente de Pete Doherty se había esculpido de mí, un cantante que no está mal pero sobre todo un dandy cadavérico, un tipo con fuste.

Lo de la agencia matrimonial que da título al artículo viene a posteriori. O lo explico a continuación, el caso es que, en efecto amigos, he buscado y he encontrado trabajo. Una agencia matrimonial demandaba un/a administrativo/a y yo envié mi currículum, y como de todos es sabido, y es tradición popular, o uso arraigado, en fin, parte de nuestra cultura el crear una verdad a la medida en los currículums vitaes en este país (como hizo, por ejemplo, ese icono pop que es Luis Roldán, ex director general de la Guardia Civil que se bañaba en piscinas con aguas corruptas hasta los bordes y que huyó por el globo hasta su captura en Laos, creo que en 1994, un exponente del maquillaje de historiales, en el suyo coló una carrera de ingeniería que como suele decirse brillaba por su ausencia), en fin, que yo, a lo Roldán, pues decidí seguir la estela de los maquilladores de la realidad -qué es la realidad, amigos, qué preguntita eh- y puse que era psicólogo, o licenciado en psicología, no me acuerdo, y añadí, entre paréntesis, como insinuando la especialidad, añadí: "(Del amor)", toma, para que digan que carezco de habilidades, vencer y convencer, a lo Unamuno, Psicólogo (del Amor -con mayúscula-)  en fin, ahí lo dejé, a ver si colaba, por probar nada se pierde, mi instinto se empeñó, psicólogo del amor, licenciado por la Universitat de Bellaterra, Bellaterra está lejos y nadie sabe qué se estudia allí, el caso es que la dueña del negocio, que me pareció una buena persona, no exenta de un desmesurado, aunque lícito, apetito mercantil, creo que la mujer quiere hacerse millonaria con esto, ¡hoy en día!, no digo más, pues me dijo que podía empezar de secretario. Yo le dije: De acuerdo, no me importa en absoluto empezar desde abajo, o por abajo, le dije; prefiero empezar por abajo. Como Escámez en el Banco Central. Y ya soy el botones del Amor.

En fin, he desatendido el affaire con Pete Doherty, muy amigo de divertirse también, es sano divertirse, hay que vivir, y con él -retomó ya la crónica en pleno- la cosa comenzó más o menos así... Primero diré que yo tenía muy presente que ya me había retirado, pero no le iba a afear la cita a Doherty, que tan amablemente se había desplazado hasta Barcelona para acometer el encuentro. Bien, comenzó como todo comienza en estos casos, Pete Doherty dijo: Qué quieres tomar. Y después de que yo le respondiera pidió una para cada uno. Y luego, unos minutos después se levantó hacia la barra y entornándose dijo con los ojos Fulanito, qué tomas, y yo con los ojos le dije algo así como una copa es una copa, no son dos copas Pete, pero ni él estaba para razonamientos sutiles (ni para razonamientos explícitos) ni yo tengo carácter para pulverizar con la mirada, y yo se ve que le dije con los ojos: pues otra. Luego, no sé, 24 minutos después o algo así Pete llamó a la camarera con un gesto digital, de los dedos, y tras sonreír pícaramente ante lo explícito de la sensualidad de ella, porque Pete no es ciego, puede ir ciego a veces pero ciego no es, eso lo sabe todo el mundo, pues pidió una tercera copa, y yo pensé, no se lo dije pero lo pensé: la reputación exige sacrificios Fulanito, y me dije: la última, y pues tomamos esa última copa.

Pero más tarde Pete se empeñó en recibir las atenciones de la misma camarera, mas no con segundas ni movido por apetitos que trasciendan a la sed propia del hombre que comparte y departe con su colega del alma, que al parecer era yo, si no del alma sí del alma de esa noche, que parecía claro que no pensaba pasarla dándole al gaznate con otro. Y, así, a la cuarta, ante sus renovados elogios hacía mí dije: ésta la pago yo. Y el tipo aún se reblandeció más, y me dije: un día es un día, y pagué la quinta. Y a la sexta, qué cosas de mundo, un musiquillo de bajos fondos reconoció a Pete Doherty y se empeñó en invitarnos a otra copa, y, yo, la verdad... la verdad es que no tengo carácter, ya lo he dicho, fue una encerrona involuntaria de la vida, soy pusilánime... no, un buenazo es lo que soy, una buena persona, lo reconozco, y acepté la invitación. Debió correrse la voz pues más tarde nos topamos con el autoentitulado dueño del garito, que traía bajo el brazo una botella de champán francés, no recuerdo la marca, yo ya no veía nada, mi voluntad era un soldadito de plomo ahogándose en mitad del océano, o en un agujero negro superior al tamaño de la Vía Láctea, y me obligaron a beberme la octava, y la novena, era champán del bueno, el dueño, os lo aseguro, debe ir al gimnasio, el caso es que intimidaba, cómo le digo que no me tomo su copa o sus copas, con Pete Doherty, me daba más miedo hacerle llorar al dueño que hacerle enfadar, el caso es que luego llegaron unas tres o cuatro chicas gritando, armadas con más botellas, yo ya sólo veía botellas, botellas, vasos, cristal, brillos y reflejos si bien apagados como la noche y mates como el gato traicionero y la pantera de la jungla y...

Hoy desperté.
Solo.
Tarde. 
Y olvidé que tenía que ir a la Agencia Matrimonial a ocuparme del mundo de los sentimientos, y de mi futuro.

martes, 1 de febrero de 2011

FIN DE ETAPA

Os aseguro que anteayer llamé a Willy Deville para salir por ahí y.., no sé... Lo último que recuerdo es los dos subidos a la barra de algún tugurio de mala muerte del sur de esta ciudad, Barcelona, cantando It's so Easy, que es suya y no mía, yo ni tengo canciones ni sé cantar, sólo digo eso, como debía estar Willy para dejarme cantar junto a él, a mí, que no sé cantar, y ya poco más puedo acreditar de esa noche, ya sabéis, la imagen, se detiene, y lo siguiente es despertar, aunque en mi caso es un poco distinto, ya llegaremos; bueno, la noche se disgrega en puntitos, puntitos... . . . y desaparece, despiertas, algo así estaba diciendo, aunque insisto, no es de tal modo, simplemente, el recuerdo se congela en un punto, y despiertas.

Esta vez no fue el mal estado de unas patatas de bolsa. Para mi fuero interno tengo también que en algo debió influir la medicación que estoy tomando, un fármaco para combatir el priapismo, muy popular (el fármaco) en internet y en los mercadillos callejeros, aunque a mí me lo recetó uno que se adjudica el título de medicina. Como la disfunción resiste, decidí administrarme el doble de la dosis máxima estipulada en el prospecto y el triple de la que había recetado el médico, pero aún así nada, la cosa continúa ahí, enhiesta y vigorosa, esplendorosa como la proa de un bergantín, o sea que la cosa mucho caso no le hizo al fármaco, un fármaco poco convincente, bueno; luego telefoneé a Willy Deville, como sabéis, y le pregunté si quería salir y respondió: "Yeah! Yeah, yeah, yeah...", qué tipo este Willy, qué entusiasta, da gusto...

Como todo el mundo sabe, Jaime de Marichalar, ex de la infanta Elena y ex-duque de Lugo (consecuencia del ex previo), se distingue, o es más conocido, o son más acentuadas en él, estas dos inclinaciones: la moda y la juerga. Eso lo sabe su ex y un buen número de ciudadanos de este país y seguramente de otros, como todo el mundo sabe. Su feudo es la ciudad de Toledo. 

Pues bien... en el punto en el cual se pierde mi recuerdo de la noche lírica con Willy Deville, lo siguiente es amanecer a punta de paso en las calles de Toledo. ¿Cómo? Lo ignoro. Lo repetiré: yo estaba pasando un buen rato con mi hermano Willy Deville y lo siguiente que recuerdo es que aparezco, hago acto de presencia, en Toledo. Y ya puestos me digo: pues sigamos, ¿qué otra cosa podía hacer? Y en una cafetería que camuflaba un tugurio sensacional, ¿a quién me encuentro? No me lo presentan, yo, me presento: A sus pies, Duque de Lugo, su más ínclito admirador y ferviente súbdito (los adjetivos van mejor al revés pero así se evita la rima interna, bueno, yo estaba un poco bebido y además no soy Góngora -"infame turba de nocturnas aves..."-): Fulanito (le digo al duque, a Jaime, compadre, presentándome); el duque despeja su capa y parece que la cosa le hace gracia y por tanto que yo le caigo en gracia, y el resto es historia amigos, fiesta, juerga con la nobleza más pura de estilo de vida y etcétera etcétera, oh, qué recuerdo.

Y ya estoy otra vez en Barcelona, creo que ese estilo de vida no es para mí, exige demasiado, yo no doy para tanto. Creo, por tanto, que regresaré a los récords del mundo, que unos artículos más atrás en este blog daban sentido a mi vida.

domingo, 30 de enero de 2011

Ir a desayunar, la aventura

Esta mañana “me levanté, vomité y me miré la cara en el espejo. Estaba atrapado. No tenía la menor posibilidad”, pensé, parafraseando a Bukowski, y luego pensé, pero qué diablos, estoy atrapado -ustedes ya me entienden- pero tengo hambre, qué diablos, repetí, qué diablos, y tal. Y tal era mi hambre que me vestí y me acerqué a la cafetería más cercana, en donde ordené mi desayuno, es decir, dije ... y ..., los ingredientes habituales de mi desayuno, y todo el personal del establecimiento se me quedó mirando, y cómo iría yo que decidí corresponder a sus atentas miradas y les dije, a todos, a todas: “I’ll burn your soul… Don’t you get it yet!”, que es algo que le oí cantar a Henry Rollins en su canción Liar (el título lo dice todo amigos, se la recomiendo), y como sus rostros semejaban no entender en absoluto de qué estaba hablando, inclusive detecté unas franjitas de reprobación en algunos ojos, por la temprana, ignota -supongo- excentricidad de cliente peregrino en que consistía mi acto o consistían mis actos, en fin, como diciendo: "qué, pavo, qué te pasa. Qué le pasa a este tío. Circule", que yo ni corto ni perezoso añadí, parafraseando a Shakespeare: “Vuestras esposas, vuestras hijas, vuestras matronas y vuestras doncellas, no bastarían a colmar la cisterna de mi lujuria”, y en ese punto digamos que yo ya me sentía más que razonablemente satisfecho, agotado tal vez, es más, pensé que iban a llamar a la policía o algo así, a los matones del barrio, quién sabe, a unos raperos, a unos cantantes de hip-hop, pero no, sencillamente una de las chicas dijo: Ay Dios, y yo pues dije: “Yo sé que Dios no existe; pero es que, si existiera, no tendría perdón de Dios”, que tal vez no es brillante, que tal vez su sonido nos es parcialmente o totalmente familiar, pero yo se la había oído a José Sacristán, el actor español, anoche, cuando me lo encontré en un cocktail y departimos tranquilamente al menos durante 30 segundos, el resto de las dos horas a lo largo de las cuales continuamos hablando lo hicimos particularmente excitados, y, regresemos a la cafetería, la chica repitió: Ay Dios. Y ahí, por ahí, por ahí ya sí que no paso, que no me repitan las cosas, que una vez es suficiente, demasiado, como quien dice, con una vez las entiendo, no soy un párvulo, y me marché a casa furibundo.

Por lo menos me fui antes de que se pusieran a cantar, que a veces lo hacen, y no es que tengan mala voz, es que es un despropósito, y por la calle, mira, me topé con una señora que iba cantando, y a cuyo cante podría aplicar idéntica reflexión, y pensé: "Un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento", parafraseando o parapensando a Baudelaire, que en español debe leerse como se escribe, y ahora sí, me fui para casa a descansar, que esta noche José Sacristán y yo hemos quedado para presentarnos conjuntamente en la inauguración de una tienda de animales, animales domésticos de lujo, en donde servirán bebidas y cátering a tuti plen, yo juzgo el plan sensacional, y donde probablemente coincidiremos con la alcurnia más destacada, los adinerados de la ciudad, las altas esferas: políticos del gobierno de la Generalitat, políticos del ayuntamiento de Barcelona, otros funcionarios de alto standing, futbolistas, y establecimiento en el cual, según se rumorea, el animal más barato será una zorra, trescientos euros la media hora. Perdón por la broma, es que es temprano. Se ve que el animal más caro es una iguana de colores de un millón de dólares y el más barato un cervatillo con tres orejas (qué sutiles) que vale 900.000 euros, su peso en oro. Messi tiene tres hámsters de pelaje naranja (modificados genéticamente), que le costaron 500.000 euros cada uno. O eso me dijo, se lo aseguro, cuando nos encontramos aquella tarde en la tienda de discos de la calle "Corregidora del 31 de febrero", el ballenato nos encanta, aunque no pondría la mano en el fuego sobre el precio de esos hámsters porque me parece que estaba borracho, yo, no él, lo aclaro.

sábado, 29 de enero de 2011

My night

Si echan un vistazo a los periódicos de hoy leerán que Charlie Sheen convalece (una vez más) de otro fuerte acceso de arrojo por la vida, arrojo por la vida o a la vida, tanto da, ambas suenan, sube la música amigo, el caso es que se tira de cabeza a la vida, los gastos nos son problema; El País publica un ingenioso titular al parecer limitándose a dar fe de los hechos, y ese epígrafe dice: "Charlie Sheen, 36 horas de fiesta, un maletín de cocaína y al hospital". Yo creo que cualquier cosa que añada habrá de ir en demérito de la onda expansiva de este simpático titular. Me ceñiré, sin embargo, a añadir que la fiesta era dos tías y él, nada de amigotes plastas, este tío va en serio.

Ahora me referiré a mi agenda. ¿A qué no saben quién me espera esta noche en un cocktail con dos amigas? No me espera Charlie Sheen, he provocado ese automatismo en sus mentes, estoy en plan facilón, soy facilón, es verdad, no (y lo que ahora voy a decir sonara estúpido y más facilón todavía, pero se ciñe a los hechos calendados), yo he quedado con Carlos Sheen, que es un actor de teatro nacido en Bristol, Inglaterra, vástago de padres norteamericanos mudados a la madre patria británica y a cuyo hijo pusieron Carlos, tal cual, porque Herbert, el padre de Carlos, de adolescente, de viaje por España con sus padres -los de Herbert, claro- y futuros abuelos de Carlos escuchó como unos sindicalistas hablaban de Carlos Marx y regresó a casa prendado de tal evocación. Los ecos de esa mención lo desviarían muchos años después en dirección a la ya mencionada Bristol, Inglaterra, a la que se adjudica el nacimiento del trip-hop, casi nada, con baluartes de la talla de Portishead o Massive Attack, casi nada, decía, el caso es que los motivos de los Sheen nada tuvieron que ver con la música.

Pues la cosa es que Carlos Sheen, que ya salió a recoger con un taxi a las dos amigas, me espera en el cocktail y no sé lo que pasará pues Carlos, es verdad, lleva tres días estacionado en mi casa, estacionado es un decir, durmiendo sería una falsedad, pernocta, más o menos, el caso es que mi casa es su referencia, el cuartel general al que el soldado en permanente misión de combate nunca regresa, o casi nunca regresa, o el cuartel en el que el soldado apenas mete el pie para lo obligatorio, aunque, venga, siendo literales, el muchacho ha de dormir, o sea: todo es un decir, Carlos, decía, está huído de su inglesa patria, Bristol, Gran Bretaña, donde al menos en los cenáculos dramáticos (de la dramaturgia, quiero decir) goza de una razonable reputación de putero más o menos dotado para el arte dramático, así como le azota el claro estigma de incumplidor de contratos, de contratos con productores teatrales, básicamente.

Esta tarde, mientras desayunábamos, Carlos estaba como loco de entusiasmo: ¡históricas revueltas en el mundo árabe! Y lo ha maravillado una noticia a la que hacía referencia la columna vanguardista de Quim Monzó (el cual, por cierto, se parece mucho al vecino de un primo mío que se pasa el día cantando jotas) por la referencia a unos hechos acontecidos en su país. La noticia era que, planeado por el ayuntamiento de Stony Stratford el cierre de la biblioteca municipal a causa de los recortes sociales, un grupo de ciudadanos, ni cortos ni perezosos, se confabularon por internet y previo cálculo ponderado tomaron prestados, sacaron mediante préstamo, la aboluta totalidad de volúmenes de la biblioteca antes de su clausura (16.000). Parece lógico que la biblioteca, ese templo del saber, no pueda cerrar con su patrimonio desperdigado. Aunque el saber no ocupa lugar, la biblioteca es el lugar que ese saber ocupa, y el cual los mentados ciudadanos se resisten a abandonar. Somos gente de costumbres.

A renglón seguido de la hazaña de los ingleses bibliófilos, Quim Monzó nos ilustra sobre una mudanza que lo ocupó hace unos años, procediendo entonces a seleccionar aquellos de sus libros (unos 2.000 títulos) que no conservaría. Fue contactando biblioteca tras biblioteca en Barcelona, y ante el nulo entusiasmo percibido para recibir la donación (asustaba, dice Monzó, catalogar todo ese tonelaje) tiró los 2.000 a la basura, es decir, al container.

Esta noticia de los ciudadanos bibliófilos ha revolucionado a Carlos Sheen, que brindaba con absenta -azucarada- en llamas por la revolución mundial de las noches, y la de los días, y la de los libros, y tanta tontería que yo ya no sabía si acabarme la botella en plan kamikaze, en plan harakiri, o regresar a la cama, que nos habíamos acostado a las 11 de la mañana.

My day

Me he citado poco más adelante de la hora en la que el tópico reza que los británicos toman el té y los taurinos se sientan, puro en boca, a frotarse las manos y la lengua ante ese espectáculo tan bello a la par que tan embrutecedor para el alma de cualquier ser humano, por no limitarse dicho espectáculo a eludir el ineludible acceso de solidaridad que casi cualquier hijo de vecino experimenta ante el dolor ajeno, sino por, también, causar en los referidos taurinos el franco disfrute de esas faenas causantes de dolor, decía, me he citado a esa hora con Matt Damon, que me contará, tomando café, pues el té a él le parece aburrido y ese es un parecer que yo suscribo sino al cien por cien sí al noventa por ciento, que es mucho, que un 9 -se ven pocos- es casi como un 10, el cual me contará, M. Damon, iba diciendo -cómo me gusta largar-, me contará algunas curiosidades relacionadas con escenas que fueron víctimas de eliminación en los montajes finales que componen la trilogía de Bourne, escenas eliminadas de cada una de esas tres patas de gato de la trilogía sobre ese agente de la CÍA que más se asemeja a un chicarrón del norte, todo nobleza, que a un glamouroso ejecutor británico, que bucea el Mediterráneo, deambula por Asia y Europa en lugar de los Estados Unidos, que viaja en tren, TGV, AVE (el TGV español), tal vez Euromeds europeos, no simplemente levantinos, y que investiga mediante internet en los bares informáticos comunes que tanto dispensan uno de esos cafés mentados como espacios de tiempo ante el ordenador.

Por supuesto, soy incapaz de anticipar el argumento trascendental del encuentro pues éste se halla aún por producirse, y... que no se me olvide, ansiaba acometer un chiste, un chiste. El chiste, o la gracia, dice más o menos así, si no lo recuerdo mal, me lo contaron en el pasillo de un quirófano, yo y el otro aliterado aguardábamos con enorme inquietud la llamada al cadalso quirúrgico, yo para sacarme las muelas del juicio y el desconocido compañero para un cambio de sexo, según dijo, y son esos momentos de aquellos en los que la densidad molecular de las neuronas receptivas está por los suelos, por los nervios, en fin, voy a por el chiste (cómo me gusta largar), ya voy, se ve que en el chiste Holden Caulfield entra al dentista, y en la sala de espera se encuentra con Ulises Lima, se encuentra, es decir, coincide, pues no se conocen, justo cuando la enfermera... Y ahora pugna por irrumpir en mi narración el recuerdo de otro chiste, qué cabeza tan caprichosa, he de mejorar mi dieta, este segundo chiste mucho más soez, o soez, simplemente, de esos buenos, pero como no me veo capaz de aglutirnarlo por completo lo voy a tener que dejar para otro día, y, ay, ay, ahora veo que tampoco me acuerdo de como seguía el primer chiste... Qué bochorno. Pido disculpas. Paro. Me detengo.

Lo que sin género de dudas sí recuerdo a fuego son dos notitas leías esta mañana en La Vanguardia (edición del 29 de enero de 2011, sólo habrá un día con estas señas en toda la historia). La primera enuncia: "La pequeña delincuencia protagonizada por la tercera edad es un fenómeno en alza en Japón. Roban para ir a la cárcel y huir de una sociedad individualista que los ignora. LA CÁRCEL, ÚLTIMO REFUGIO DE LOS ANCIANOS JAPONESES". El artículo se explaya ante el hecho incontestable de la deshumanización. Si no recuerdo mal, si hace 20 años 1 de cada 20 detenidos por robos (o hurtos) era miembro de la tercera edad, ahora, en Japón, nos hallamos ante la proporción 1 de cada 4. Declaraba uno de estos ancianos, recién abandonada la reclusión, que en la trena los ancianos son un colectivo respetado, al contrario que fuera, y que las atenciones sanitarias que reciben son las pertinentes a serles dispensadas al aire libre, a la intemperie, las que reciben cuando son libres y están expuestos a toda la tempestad humana que con su omisión tanto los maltrata. El gobierno nipón está ampliando los penales para contar con pabellones destinados especialmente a esta minoría de su población.

La otra noticia va más allá. Es, además, esperpética. "Sermón contra la homosexualidad en el funeral por el gay asesinado en Kampala". Uganda. "La homosexualidad es un mal que Dios castigará", dijo ayer el sacerdote Thomas Musoke en el funeral por David Kato, el activista gay asesinado en Kampala. "Debéis arrepentiros", añadió. (...) El presidente de Minorías Sexuales de Uganda (...) le quitó el micrófono y (...) forcejeos (..) La policía (...) alejó al cura. Acabó el acto un obispo anglicano excomulgado por defender a los gais.

El nivel de nuestra raza humana es tan bajo que, al menos, sólo podemos mejorar.

Y ya para terminar, en plan colofón de azúcar (buf...), pues Matt Damon dice (por sms) que la f... police le ha puesto una multa por esperarme en doble fila, un poema que narra uno de los múltiples narradores de Los Detectives Salvajes. Un poema, dice, de J.J. Tablada: Bajo el celeste pavor / delira por la única estrella / el cántico del ruiseñor.

Un poema desperado.

miércoles, 26 de enero de 2011

My future

Todavía esta mañana, mientras me tomaba la copita de Brandy Los Depresivos -recomendado por un bisnieto de Rodolfo Valentino- antes de desayunar, me debatía acerca del rumbo que debía acometer mi futuro. Todavía. Policía. Verdugo. Y al final, entre la academia de policía y y la academia de ejecutores me he decantado por ésta última y he tomado la firme decisión de desplazarme hasta la misma para inscribirme en el curso inminente. Me dio la idea el primo de un sobrino de Marlon Brando, algo así, soy incapaz de precisar, estaba ebrio, yo, no el pariente de Brando, con el que coincidimos, con el que habíamos quedado mi novia y el que les habla, un cocktail; ella me abandonaría tras el cocktail.

Cuando sea mayor: verdugo.

Eso me he repetido y tras acabar de peinarme he ido a por el mp3, y a por un libro para el viaje en metro. Me he dicho: hoy los Smiths. No: Portishead. No: James Holden. No: "no" me ha salido otra vez la palabra, creo que por puro automatismo. No: he dicho basta, basta, y creo que entonces era víctima de un ataque de melodicidad, y he decidido, sin posibilidad de apelación, que descargaría un disco de Nino Bravo y no se hable más. Y luego me he puesto a ver qué libro me llevaba, y me he dicho: Los detectives salvajes. No: 2666. No: Ampliación del campo de batalla. No: Cartero. No: El árbol de la ciencia, de Baroja. No: El camino, de Delibes. No, he decidio que me iría con Ampliación del campo de batalla, que me da la impresión que se atiene más con el look de verdugo. Pero luego me he dicho: Fulanito, no hagas tonterías, te vas a ir a matricular para verdugo, dónde vas con un libro, cuida tu reputación, dónde se ha visto un verdugo que lea, dónde, Fulanito piensa. No sería cosa que me tope con dos aspirantes más y se pongan a cuchichear: mira ése, con un libro, dónde va ese listillo con un libro. Ja -diría el otro-, menudo alternativo, y a mí esa palabra, "alternativo" me duele en el alma, como si me conocieran. No me llevaré ningún libro, he de ser una persona seria, de fiar.

Por otra parte, unas oposiciones para verdugo... La faena de verdugo no goza de predicamento ya en este país; desde 1975 hay un paro galopante en el verduguismo, ya no se ejecuta. Habría de emigrar para ejercer de verdugo. Pero ¿adónde? Lejos. Fuera de Europa. Estados Unidos, que es la tierra de la libertad, China, que es la tierra del pueblo, Irak; Afganistán. Hay opciones. Hay muchas más. Sí, Fulanito, no sufras, hay posibilidad de trabajar, que otro a engrosar el desempleo... pues no, no me parece bien. No emigraré a Alemania pero a otro sitio tal vez.

Más adelante, tras visitar de nuevo la nevera para servirme otro vaso de leche me he dicho: pero Fulanito, no sólo se trata de una ocupación, también has de encontrar pareja para que tu vida adquiera tintes de sentido. ¿Y cómo te las vas a componer a dichos efectos? ¿Qué harás cuando transites en esas infinitas colmenas de la noche -ignoro por qué me he puesto tan retórico y tan gratuíto-, cuando creas divisar a la muchacha de tus sueños? Si ella te dice: Ja, ja, ja Fulanito -riéndote un chiste (éxito)-, yo soy empleada de banca, ¿tú qué haces, a qué te dedicas? ¿Qué le vas a decir entonces Fulanito? Yo soy verdugo. Eso, Fulanito, está muy muy mal visto, mucho. No sé qué vas a hacer entonces.

Al final he decidido que no iba a ser verdugo. Y me he tomado otro Brandy Los Depresivos (porque no tenía mezcal Los Suicidas -que lo recomienda un primo mío que vive en México-) y he vuelto a la cama, que sólo eran las once, y hasta las siete no tengo ese absurdo cocktail en una galería de fotografía donde he quedado con un sobrino segundo de Roman Polanski, y adonde no me acompañará mi novia, que me abandonó después del cocktail al que asistimos junto al nieto de un primo de Marlon Brando o algo así, no me hagan recordarlo.